martes, 9 de junio de 2015

¿Y quién es mi prójimo?

La parábola que nos habla del buen samaritano que auxilia a un hombre que encontró en el camino, herido y despojado de sus bienes, y lo llevó a un lugar de hospedaje, pagando para que lo cuidaran, fue contada por Jesús al maestro de la ley que pretendía justificarse, bajo el alegato de que él no sabía identificar quién era el prójimo a quien debía amar como a él mismo (Lucas 10:25-37). Dicho maestro de la ley judía no formuló esa pregunta fortuitamente ni al azar, mas bien, él, conociendo bien las escrituras, suponía que sería muy difícil para Jesús el responder aquella interrogante sin incurrir en algún tipo de discriminación sobre tal o cual persona a quien debía considerarse el "prójimo a quien amar como a uno mismo". Formuló su pregunta de manera directa: "Y quién es mi prójimo". Lo preguntó justo luego de haberle contestado a Jesús que en las escrituras decía que la vida eterna se obtenía amando al Señor por encima de todas las cosas y amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos. En vez de responderle, el Señor Jesucristo le relata el episodio del buen samaritano con lujo de detalles. Le comenta que cerca del hombre que había sido asaltado pasó un sacerdote, pero no se detuvo; que luego pasó un levita e hizo lo mismo, es decir, tampoco se detuvo. Esos dos personajes, el levita y el sacerdote, supuestamente también debían saber las escrituras, debían tener conocimiento de que al pasar de largo junto a aquella persona mal herida estaban también obviando el cumplimiento de la ley de Dios, pues no estaban demostrando su amor al prójimo, lo que sí hizo un samaritano, a quien un judío jamás compararía con uno de los suyos , pues la gente de Samaria no eran vistos con buenos ojos por los habitantes del pueblo de Israel. Luego del relato, Jesús le pregunta al maestro de la ley: "¿Cuál de estos tres te parece haber sido el prójimo de aquel que cayó en manos de ladrones?". A lo que su interlocutor le respondió: "El que hizo misericordia con él". Seguro que todavía cuando él respondió de esa manera lo hizo sin esperar si quiera que luego Jesús le diría: "Vé y haz tú lo mismo". Allí termina ese pasaje bíblico. Con ese tipo de final, es fácil deducir que aquel maestro de la ley, quién, en procura de probar a Jesús, había formulado preguntas tan concretas y profundas, se quedó callado porque no encontró ninguna otra cosa que argumentar ante una respuesta tan perfecta. Al escuchar lo que el Señor le dijo: "Vé y haz tú lo mismo", él entendió que Jesús le estaba diciendo que su interés no debía centrarse en quien era su prójimo sino en ser él el prójimo de los demás; que no debía preocuparse por identificar a quien amar como a él mismo sino en ser él la persona digna de que los demás lo amen como a ellos mismos; que en vez de buscar y juzgar sobre quien sería merecedor de ser llamado su prójimo, debía él ser merecedor de inspirar ese amor de los demás hacia su persona. Aún más, la respuesta de Jesús indica claramehnnte que debemos servir a quien nos necesite sin importar si la persona a quien servimos no nos mira con buenos ojos. Cuánta sabiduría  en seis palabras: "Vé y haz tú lo mismo". A menudo resulta tan difícil ser el buen samaritano que auxilia a quien está en peligro, que venda las heridas de quien está lastimado, que se ocupa de alimentar a quien está hambriento y se desprende de su dinero para pagar las atenciones de quien está necesitado. Sí, a menudo resulta tan difícil ser ese buen samaritano. Pero, el asunto aquí radica en que el Maestro Jesús nos dice que si no actuamos en consecuencia de lo que él nos ha enseñado,e ntonces no somos dignos de poseer la vida eterna que nos concede la gracia de Dios. No se trata de que nosotros podamos hacer algo con lo cual comprar ese galardón ni que nuestras acciones nos colocan en un lugar privilegiado con respecto a los demás sino todo lo contrario. Si tenemos a Cristo en nuestro corazón, entonces, no tendremos que vivir pensando en si podemos ser o no ese buen samaritano, no estaremos buscando en nuestras mentes las razones valederas que nos hagan decidir a quien servir o a quien ayudar, porque Cristo nos mostrará en todo momento lo que tenemos que hacer en esas circustancias. Si se tiene a Cristo en el corazón, él nos enseña el camino. Por consiguiente, eso de pensar en quién es el prójimo a quien debemos amar como a nosotros mismos, dejémoslo a quienes no conocen el amor de Cristo, a esas personas que se les hace difícil hasta el albergar sentimientos para amar a sus familiares y amigos, porque no saben lo que significa tener a Dios en sus corazones. Esas cosas, hermanos míos, no forman parte de nuestras agendas, sencillamente no nos conciernen. Aquel que preguntó: "¿Y quién es mi prójimo?", sabía mucho de las escrituras, pero, no conocía a Jesucristo. Lo tenía ante sus ojos, lo escuchaba hablar, pero, no reconocía su voz, obviamente no estaba en el mismo sentir del amor de Cristo. Nosotros, los escogidos de Cristo, estamos llamados a servir, a predicar las buenas nuevas con el ejemplo, a llevar la salvación a los perdidos, a repartir amor. Esa es nuestra misión. De esa manera nunca estaremos pensando sobre quien es nuestro prójimo sino en que debemos ser, cada uno de  nosotros,el prójimo de todos los demás. De ahora en adelante, recuerda siempre, tú eres el prójimo a quien todos amarán como a ellos mismos, sólo tienes que seguir el ejemplo de Jesucristo y ser una muestra de amor todo el tiempo y para todos.

¡Qué el Señor te siga bendiciendo con su inmenso amor!    


sábado, 6 de junio de 2015

Los Diez Mandamientos; las tablas del testimonio.

"Entonces Jehovah dijo a Moisés: -Sube a mí, al monte, y espera allí. Yo te daré las tablas de piedra con la ley y los mandamientos que he escrito para enseñarles". (Éxodo 24:12).

"Y cuando acabó de hablar con él en el monte Sinaí, dio a Moisés dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios". (Éxodo 31:18).

"Entonces Moisés se volvió y descendió del monte trayendo en sus manos las dos tablas del testimonio, tablas escritas por ambos lados; por uno y otro lado estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada sobre las tablas". (Éxodo 32:15-16).

Cuando el Señor liberó al pueblo judío de la esclavitud a la que fue sometido por los egipcios durante siglos, los condujo al monte Sinaí. Allí Moisés se apartó del pueblo y fue instruido por Dios en cuanto a las leyes y mandamientos que el pueblo de Israel debía seguir para mantener una relación perfecta con el Altísimo. Por espacio de cuarenta días y cuarenta noches estuvo Moisés aparte con el Creador. El Señor escribió en dos tablas los diez mandamientos que sellaron el pacto que él había hecho con Abraham y entregó a Moisés esas dos tablas del testimonio. Los invito a meditar sobre cada uno de estos mandamientos, conscientes de que ellos encierran sabiduría divina y nos muestran el camino para permanecer en paz con Dios.

Primero: Amar a Dios por sobre todas las cosas.

Segundo: No tomarás el nombre de Dios en vano.

Tercero: Santificarás la fiesta.

Cuarto: Honra a tu  padre y a tu madre para que tus días se prolonguen sobre la Tierra.

Quinto: No matarás.

Sexto: No cometerás adulterio.

Séptimo: No robarás.

Octavo: No dirás falsos testimonios contra tu prójimo.

Noveno: No codiciarás la mujer de tu prójimo.

Décimo: No codiciarás los bienes ajenos.

Éxodo 20:1-17.